Una noche atípica en Tashkent

Escrito por el 4 enero, 2012 en Alta Suciedad - No comentado

La noche pintaba feliz. Un garito en el centro de Tashkent, música heavy, rusos y norcoreanos (Stalin deportó a un millón de norcoreanos), cerveza Báltika 7 y una animada conversación con un par de buenos amigos. Dos actores con gran trayectoria que resisten en una ciudad cada vez más tendente al fundamentalismo musulmán, que financian los petrodólares del Golfo, y menos cariñosa con las más elementales muestras de arte. Llamémosles A y O, algo absolutamente falso, ya que les acarrearía cierto problema el hacer públicos sus nombres.

Aquél lugar, y ellos mismos, constituyen un verdadero reducto de civilización occidental en uno de los confines de la misma. Bueno, todo lo occidental que puede ser la civilización rusa, o sea, poco, pero al menos sí ciertamente luminosa. Pongamos que sonaba Sex Mob (a los que por cierto Amparanoia les debe todo), algo que también es absolutamente falso, pero que encajaría perfectamente con la situación. No recuerdo qué sonaba exactamente, quizás clásicos del rock americano de los 90.

A y O me introdujeron en un pequeño grupo de amigos dentro del cuál pronto le eché el ojo a una chica que me dejó helado: su cara. Pasaba la noche y pasaban las Báltikas, pasaban las miradas sobre esa mujer extrañamente bella e interminablemente exótica, resultado de la mezcla de ese crisol de razas provocada por la sicosis soviética (o sería mejor decir stalinista) y de la mezcla que yo mismo estaba consiguiendo con mi ingesta: Por recomendación de A, yo llevaba una petaca con whiskey que mi amigo O, la chica X y yo mismo, estábamos bebiendo lentamente, shoot a shoot. “¿Qué te gusta beber?…pues será mejor que traigas algo de ese whiskey, porque el disponible aquí parece agua de lavadero”. Era cierto, y el tabaco un verdadero mata ratas, y los aperitivos, amargos y picantes, bombas destinadas a provocar gastritis intensas.

Será mejor que traigas algo de ese whiskey, porque el disponible aquí parece agua de lavadero… Era cierto, y el tabaco un verdadero mata ratas

Estaba engatusando a la chica, o ella a mí, porque en esos juegos nunca se sabe quién lleva la batuta, que chaporreaba quizás no más de 25 palabras en inglés (gracias a Dios existen aún lugares libres del sometimiento cultural yankee), al tiempo que escuchaba una rara historia de A sobre el deseo irrefrenable que le provocaban las mujeres de raza negra. De repente, serían las 2 de la mañana, irrumpieron en el local un grupo de 10 o 15 policías militares, silenciosos, sólo dieron un par de voces al principio. Empezaron a registrar el local, con el consiguiente revuelo de todos nosotros; algunos chicos, verdaderamente asustados, empezaron a arrojar bolsitas y pequeños recipientes de plástico al suelo; a todos nos empujaron, nos sobresaltaron, pero, tras pedirnos y requisarnos la documentación, sólo nos llevaron a tres.

Si yo estaba verdaderamente preocupado, la evidente preocupación de A, O y X por mí, resultaba mucho más seria, porque sabían de qué modo se las arregla el régimen. Los tres a los que nos llevaron, como en los malos chistes españoles, éramos un francés, un inglés y yo, tristemente representante patrio por un día. Los únicos extranjeros que había en aquel bar, aunque a mi me parecieron demasiados, o sea, ni imaginaba que hubiera más ciudadanos extranjeros en ese garito, aunque luego pensé que evidentemente no habría demasiados lugares más a los que ir en el centro de la ciudad, y los chicos y chicas de cierta edad y en la ciudad en aquellos momentos pues tendríamos pocas opciones de ocio.

Los tres a los que nos llevaron, como en los malos chistes españoles, éramos un francés, un inglés y yo, tristemente representante patrio por un día.

Los síntomas de cualquier ebriedad que pudiésemos sufrir, desaparecieron al instante de cogernos un par de policías del brazo y sacarnos a la calle, hacernos esperar cerca de un par de furgones de época soviética unos 10 minutos, y posteriormente meternos en uno de ellos junto a otros seis policías, flanqueándonos cada costado. Es imposible describir a ciencia cierta la terrible incertidumbre que sientes en una situación así: No puede decirse que sea miedo pero … ¿por qué? ¿qué querrán? ¿hacia dónde nos llevan? ¿qué pasará?, todo empieza a bullir a borbotones en las cabezas trajinadas por las emociones.

Un vez en la comisaría, o lo que era algo parecido a una comisaria, nos sentaron a los tres dentro de una desnuda habitación de paredes azul claro. Ese color pintando las paredes me puso más nervioso que aquella especie de arresto. Posteriormente comprobaron de nuevo los datos del pasaporte y nos preguntaron un par de veces más que quiénes éramos, que qué hacíamos en el país, que a quiénes conocíamos y que cuándo nos iríamos. El inglés del oficial, que mantenía los pasaportes en su poder, brillaba por lo ausente. A nuestras preguntas sobre qué pasaba y qué diablos querían de nosotros no respondieron con nada más que miradas reprobatorias. Ni un si, ni un no, ni un cállense, ni un váyanse.

Los tres intrusos desesperábamos dándole a la cabeza y permanecíamos pensativos y absortos, sin mediar demasiadas palabras, supongo que decidiendo qué hacer si nos dejaban un teléfono, cómo decírselo a la familia, a quién recurrir si realmente teníamos problemas, en fin… Toda la vida que había fuera trazaba infinidad de caminos indescifrables dentro de nuestras cabezas.

A las cuatro horas, el mismo oficial entró de nuevo en el pequeño cuarto. Simplemente dijo: ‘Ladna, Dabai’, palabras que se quedaron grabadas a fuego en mi memoria. Alargó la mano con los tres pasaportes en su extremo. Los tres arrestados de chiste nos miramos incrédulos y nos acercamos hacia él, hacia la puerta, hacia ahí fuera. Con un movimiento de la cabeza certificaba que quería que nos largásemos YA. Así lo hicimos, saliendo a una noche fresca de agosto en la que la oscuridad aún era absoluta y en un barrio o zona de la ciudad que desconocíamos.

A las cuatro horas, el mismo oficial entró de nuevo en el pequeño cuarto. Simplemente dijo: ‘Ladna, Davai’, palabras que se quedaron grabadas a fuego en mi memoria.

De las sombras de la noche en las des-alfaltadas calles que merodeaban aquel feo y seco edificio policial, se fue dibujando el pequeño contorno del cuerpo y el inigualable corte de ojos de la cara de X. La única que se había interesado por qué era de mi, la única que había vencido el miedo a preguntar, la única que trasnochó para verme salir… Tampoco es del todo descriptible la suerte de cariño y respeto que sentí por aquella mujer. Aún hoy no puedo.

Ella llamó a un taxi. Ella me guió al hotel. Quizás yo simplemente salí porque ella estaba esperando, porque alguien había esperando. Me pidió un trago de whiskey y se lo di. Ni siquiera nos registraron, ni siquiera me quitaron la petaca. Tras charlar con el taxista y explicarle dónde debía llevarnos, se acercó y pasó su brazo dentro del mío.

-Te han protegido. Ataque terrorista, personas muertas. Cerca del bar.

-¿Qué significa Ladna Dabai?

-Dabai no, davai.

A la mañana siguiente intenté comprar algún periódico, acceder desde internet a las agencias de noticias, ver los telediarios locales e internacionales. Ni rastro alguno de información sobre el atentado. Más que protegerme, pensé, me habían apartado. Sólo tenía presente el terroso sabor de sus labios, una especie de inconclusión sobre qué diablos pasó la noche anterior y dos palabras más que añadir a mi parco vocabulario ruso: Vale y venga.

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Acerca del Autor

Yo soy aquellos dos de cuya lucha consisto. Luego pedimos una botella de vino y con el viento de cara y salpicaduras de vida en las sienes, estaban las piernas largas tendidas y todo el mundo girando en sus ojos... Y al final fuimos tres... 3 en 1, como el aceite o la Trinidad... qué cosas. Intento disfrutar a pesar de todo. Más artículos y opiniones en Un cielo dividido o en @tasionite

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